Un ático tiene dos ventajas evidentes, luz y terraza, y tres riesgos que no se ven en una visita de veinte minutos: la cubierta, la impermeabilización y la comunidad. Antes de comprar, merece la pena dedicar una mañana a mirar lo que el anuncio no enseña.
Empieza por la cubierta. Pregunta cuándo se impermeabilizó y si hay una derrama aprobada. Sube al tejado si puedes: las grietas, las telas asfálticas levantadas y los desagües obstruidos dicen más que cualquier certificado. Si el edificio tiene ascensor hasta el último piso, comprueba también la maquinaria y su última revisión.
Un ático reformado por dentro sigue siendo una mala compra si la cubierta está a punto de caducar.
Después, la estructura. En un ático de los sesenta es habitual encontrar vigas de hormigón con fisuras y cerramientos que se han movido. Un técnico puede distinguir un asentamiento antiguo de uno activo. Si hay que abrir el techo para instalar conductos, el coste cambia por completo.
La terraza merece un capítulo aparte. Comprueba la orientación real a distintas horas, el viento y la privacidad. Y revisa la normativa: en muchos edificios no se puede cerrar ni añadir pérgolas fijas. Lo que el vecino hizo hace años no es un derecho adquirido.
Por último, la comunidad. Pide las actas de los últimos tres años y fíjate en las derramas, en los litigios y en el estado de la fachada. Un ático reformado por dentro puede seguir siendo una mala compra si la cubierta está a punto de caducar.
